En el recuerdo… Carlos “escopeta”
Monzón
Rugía con la rabia de los arrabales a través de mazazos
devastadores embutidos en las onzas de cuero y borra de sus guantes.
Cortaba con la lanza de su jab, machacaba con el mangual de su
directo de derecha y perforaba con ganchos al cuerpo…
Carlos Monzón.
Carlos “escopeta” Monzón, un chasquido de fuerza ávida.
Frente a él, la expresión de Nino Benvenutti, “Mantequilla” Nápoles,
Emile Griffith o Tony Licata era lo más semejante al conductor que acaba de
perder el control de su vehículo y aún no sabe cómo.
No debe extrañarnos. Flaco, desprovisto de una musculatura
intimidante y desplegando un estilo en apariencia simple, cualquier rival que
viese boxear a Monzón se embriagaba en la impresión engañosa de poder
derrotarle… pero, encerrarse con él entre las doce cuerdas se convertía en lo
más parecido a perseguir hasta dentro de la cueva las huellas de un supuesto
alce para descubrir, en la oscuridad de la covacha, la mirada encendida y feroz
de un lobo hambriento.
Los números de Carlos Monzón
El palmarés de Monzón impresiona. Cien combates, 87 victorias (59 por Knock
out y 20 por decisión, 10 nulos y tan solo 3 derrotas.
Enaltece su gloria señalar que las derrotas y los nulos acaecieron
al inicio de su carrera cuando el púgil de Santa Fe anteponía la asfixiante
premura económica al oropel de un récord impoluto… ¿quién lleva un plato de
comida a la mesa a cambio de exhibir una trayectoria deportiva brillante?
De este modo, en tan solo dos años libraría más de veinte peleas, en
concreto veinticuatro. Persiguiendo unas bolsas que saciaran el hambre
atrasada, que permitieran comprar ropa de la que no avergonzarse, que posibilitaran
sentir en sus bolsillos el contacto cálidamente sudoroso de unas monedas
ganadas con el sudor frío del vestuario y el angustiosamente sanguinolento del
ring.
Y en aquellos tiempos oscuros, en la alborada de los años
sesenta, Carlitos habría de pisar la lona en pabellones de húmedos vestuarios,
entre el espeso humo de cientos de cigarros, frente a aficiones hostiles y
púgiles batalladores. No era todavía el coloso que, al poco, acabaría
impresionando al mundo. Antonio Aguilar, excelente primera serie, le derrotaría
a los puntos una lejana noche de agosto de 1963 en el Luna Park, sagrado
recinto del boxeo argentino donde, años más tarde, Monzón sentiría el
cosquilleante clamor de sus noches estelares. Alberto Massi y el brasileño
Felipe Cambeiro conseguirían también doblegar a Monzón. Este último en el
Auditórium de Río de Janeiro. A los puntos. Tras aquellos tropiezos iniciales,
jamás ningún púgil pudo noquearlo, vengó sus tres derrotas en rotundas
revanchas y, por supuesto, nadie volvió a derrotarlo.
Algo lógico, Carlos golpeaba desde la atalaya de su 1,81 de estatura
y el alcance de 1,93. Los golpes rivales colisionaban con la fortaleza de sus
brazos, tan enjutos como graníticos. Apenas esquivaba, pero resultaba muy
difícil alcanzarlo. Tras bloquear solía contragolpear con perforadores ganchos
de derecha al bazo o estómago, hooks de izquierda que gripaban el fuelle
del rival, que sacaban el aire entre muecas de dolor, o aturdían mediante
directos de derecha demoledores.
Rivales de Monzón, garantía de calidad
La historia del boxeo se tachona de carreras prefabricadas, rivales
seleccionados (cuando no “aleccionados”) y pegadores o estilistas rehuidos por
el campeón en candelero.
No fue esta, desde luego, la estela que Monzón ha dejado. JoséMantequilla Nápoles,
Emile Griffith, Nino Benvenutti, Bennie Briscoe, Jean Claude Bouttier, Rodrigo
Valdez… estrellas del noble arte, campeones del mundo en diversas divisiones,
sombras ágiles y de golpe certero que acompañaban su calidad con un récord no pocas
veces fabuloso.
Mantequilla Nápoles, el púgil de cimbreante cintura y
depurada técnica huido de la tiranía castrista, enfilaba ya la cuesta abajo
cuando cruzó los guantes con el gaucho de hierro. Pero aún podía emitir
destellos deslumbradores de una calidad narcotizante. Todo lo anterior, empero,
resultaría insuficiente para soportar la paliza infligida por el argentino.
Tras siete asaltos de suplicio, el gladiador del Caribe no pudo levantarse al
gong del octavo asalto.
Idéntica suerte correría Griffith, legendario púgil de las
Islas Vírgenes, doble campeón mundial del peso welter y medio…
En realidad, los rivales de Monzón se estaban
enfrentando a un peso semipesado travestido en peso medio y que administraba
con sangre de hielo un furor irresistible. Sin duda, la insufrible tortura para
dar el peso la mañana previa al combate incrementaba su ya de por sí explosiva
ira. Pero esa rabia no explotaba en ramalazazos deslavazados, sino en una
gélida contención de killer. Monzón, sobre el ring, era lo más parecido al niño
que arranca lentamente las patas y alas de un insecto, impasible ante la
convulsión y aleteo de su víctima. Escopeta era la tarántula
que clava el aguijón, enreda y castiga a su mártir con unas extremidades
implacables y sincronizadas. Era el cepo de pinchos para quienes, ¡ingenuos!,
creían superar un estilo simple en apariencia pero letal en la realidad.
El organismo de Monzón había interiorizado el hambre dentro de
sus biorritmos lo que aceleraba su recuperación. No cabe explicar de otro modo
el resurgir desde el derrumbe de la mañana del pesaje a la recuperación
ciclópea, vertiginosa, que le permitía lucir en plenitud pocas horas después.
Desde las horas matinales del pesaje hasta la
noche estallada de luces, resina y ensogado, el organismo de Monzón asimilaba
carbohidratos, vitaminas y líquidos para alcanzar la plenitud. Algo normal
entre quienes han esquivado la inanición y han grabado en su organismo la
asimilación y recuperación rápida como modo de subsistir. A los bebés arrojados
por los espartanos desde el monte Taigeto debía sucederles algo parecido. La
noche del combate, eludido el fielato implacable de la báscula, Carlos Monzón
era ya un semipesado, muy superior a cualquier peso medio… ¿incluso superior a
un Marvin Maravilloso Hagler en su mejor momento? Bien, de eso, si
me lo permiten, hablaremos pausadamente otro día.
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